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En 1996, en los
tiempos de Carlos Menem y María Julia Alsogaray como secretaria de Medio
Ambiente, se autoriza el ingreso al país de la soja transgénica. Hubo
promesas de alimentos, trabajo y protección del suelo. Pero a diez años,
la realidad es otra: la frontera agrícola avanzó sobre los bosques
nativos, se concentró la tenencia de la tierra, se aumentó
considerablemente el uso de agroquímicos, perdimos soberanía alimentaria y
nuestras exportaciones sólo alimentan al ganado europeo y chino.
Corría el año 1996 y la por entonces secretaria de Medio Ambiente, María
Julia Alsogaray, aseguraba que con la introducción de la soja transgénica
se reduciría el consumo de agroquímicos, que además ayudaría a reducir el
avance de la frontera agropecuaria, y que entraríamos al desafío de una
agricultura capaz de proveer de alimentos a una creciente población
mundial.
Diez años después, la realidad es otra: la frontera agrícola avanzó sobre
los bosques nativos, se aumentó considerablemente el uso de agroquímicos y
nuestras exportaciones sólo alimentan los pollos y los cerdos de Europa y
China.
La soja RR, Randup Ready, de Monsanto (resistente al herbicida glifosato,
también de Monsanto) ha cambiado drásticamente el perfil productivo,
social y ambiental de la Argentina. Y estos cambios se han visto
facilitados por la acción del mundo corporativo, la adopción intensa de
tecnologías insumo-dependientes, una coyuntura internacional y paridad
cambiaria favorable, y un Estado virtualmente ausente que permitió la
instalación y difusión de la soja transgénica, favorecida por el modelo de
labranza conocido como Siembra Directa, en un amplio espacio del país.
En esa época, productores desesperados por la crisis del campo fueron
ganados a fuerza de campañas publicitarias y marketing para que acepten
las nuevas semillas genéticamente modificadas y nuevas tecnologías para la
agricultura, a través de ejércitos de consultores y lobbistas.
Avanzando sobre los bosques nativos. La importante adaptación del
cultivo está produciendo un fuerte impacto ambiental sobre millones de
hectáreas (cientos de miles por año) que son transformadas para la
siembra. El país está perdiendo rápidamente su diversidad biológica y su
diversificación social y cultural sobre la mitad de la superficie.
La tremenda tasa de transformación de nuestros bosques nativos en el norte
de Argentina para la ampliación de la superficie agrícola (en la mayoría
de los casos para el monocultivo de soja transgénica) no tiene precedentes
en la historia.
La Selva de Yungas, el Parque Chaqueño, el Monte y la Mesopotamia están
directamente amenazados y bajo una enorme presión de transformación que
para el caso de las Yungas Pedemontanas de hecho, al ritmo actual de
desmonte, podrían llevarlas a la extinción en poco tiempo.
Se calcula que en Argentina, por año, se desmontan más de 250.000
hectáreas de bosque nativo, principalmente en el Chaco Seco, donde se
produce el 70% de la deforestación por la expansión agrícola. En los
últimos años, Salta, Santiago del Estero y Chaco, son las provincias más
afectadas por la altísima tasa de deforestación impulsada por el boom de
la soja.
Con este fenómeno cientos de campesinos e indígenas son constantemente
desalojados por las topadoras y en muchos casos las provincias otorgan
permisos para desmontar en zonas tradicionalmente habitadas.
Los bosques juegan un papel fundamental en la regulación climática, el
mantenimiento de las fuentes y caudales de agua y la conservación de los
suelos. Y de éstos obtenemos una serie de bienes y servicios
indispensables para nuestra supervivencia: alimentos vegetales y animales,
maderas y medicamentos.
El reciente desastre ambiental en Tartagal y las inundaciones de Santa Fe,
nos muestran algunas de las consecuencias de la desaparición de la
superficie forestal en la zona: pérdida de biodiversidad, desertificación
e inundaciones.
Actualmente el monocultivo de soja transgénica representa cerca del 54% de
la producción agrícola argentina: unas 43 millones de toneladas anuales.
Pero los grandes productores y el Gobierno Nacional pretenden llevar la
producción de granos a 100 millones de toneladas, lo que implicaría un
avance de la frontera agrícola que destruiría a la mitad de los bosques
nativos existentes. Con la introducción de la soja transgénica, sólo entre
1998 y 2002 el área forestal se redujo en más de 900.000 hectáreas.
Llenando de químicos a la tierra. La soja transgénica es el
principal responsable del crecimiento del consumo de agroquímicos en
Argentina. El cultivo demanda alrededor del 46% del total de pesticidas
utilizados por los agricultores.
El masivo uso del glifosato en soja, ha favorecido la aparición de malezas
tolerantes (que ya suman aproximadamente diez y continúan apareciendo) y
que estarían indicando el punto de inflexión, de quiebre, en la aparente
imposibilidad de existencia – según afirmaban enfáticamente las empresas –
de una tolerancia al herbicida. Al utilizarlo de forma continua en el
ecosistema, lo que han favorecido es un importante cambio en el patrón de
uso del glifosato, cuyos impactos comienzan a detectarse en Argentina.
El riesgo relativo de contaminación por agroquímicos, se concentra
claramente en las áreas donde los cultivos anuales de cosecha como la soja
se expandieron con mayor intensidad.
Otro aspecto vinculado directamente con la fuerte implantación del modelo
sojero-exportador es la pérdida de nutrientes, de estructura y la
estabilidad de los elementos constitutivos del suelo. Argentina extrae y
exporta junto con sus granos alrededor de 3.500.000 toneladas de
nutrientes que, dadas las prácticas intensivas de la agricultura, ya no
puede reponer bajo su clásico sistema de rotaciones agrícola ganaderas,
abonos verdes y largos períodos de descanso, que facilitaban una
reposición importante y mantenían el balance por los nutrientes perdidos.
Más tierra para menos hombres. El ingreso de este cultivo
representó una fuerte pérdida de nuestra diversidad productiva y produjo
una fuerte concentración de la tierra. Se calcula que la producción de
soja transgénica da trabajo a sólo una persona cada 500 hectáreas, lo que
implica la pérdida de cuatro de cada cinco puestos de trabajo en la
agricultura. De la mano de este fenómeno, desaparecieron más de 180.000
productores agropecuarios y hoy sólo el 10% de la población nacional
pertenece de alguna manera al sector agropecuario.
El modelo transgénico también ha producido importantes impactos sociales:
Mientras en el país hay 127.565 familias de pobres rurales, el proceso de
acumulación rentista y concentradora, con búsqueda de nuevas tierras,
crece tanto en la región pampeana como extrapampeana.
Muchos capitales extranjeros se instalan esporádicamente para acelerar el
circuito extractivo de ganancias y otros tantos se utilizan en "fondos de
inversión", que desplazando al productor tradicional arriendan (alquilan)
campos en ciclos muy cortos, de menos de un año, que no hacen más que
acelerar el proceso de destrucción del suelo.
Todos los sectores, salvo la soja que crece, se vieron afectados: en el
sector lácteo desaparecieron casi el 30% de los tambos, y el consumo
promedio de leche bajó también de 230 a 180 litros. Además, el cultivo de
arroz se redujo en más del 44%, el de maíz un 26%, el de girasol un 34%, y
12 veces la producción de algodón.
Los pequeños y medianos agricultores ven constantemente amenazada su
permanencia o el acceso a la tierra, a la estabilidad de la familia rural
y a su economía regional. El modelo actual lleva directamente a una
agricultura industrial y sintética, sin agricultores.
Son estos mismos excluidos los que terminan viviendo en las periferias de
las ciudades y sobreviven con planes asistenciales, y a quienes luego se
pretende alimentarlos con los productos derivados de la soja transgénica o
directamente con los granos, en planes promovidos por las grandes
corporaciones impulsoras de los transgénicos, como el irresponsable plan
de promoción conocido como "Soja Solidaria" durante la crisis económica de
2002.
Hacia una agricultura
sustentable.
Es claro entonces, lo
importante que debió haber sido para la Argentina evaluar antes todos
estos impactos derivados de un paquete tecnológico de alta intensidad. No
es suficiente analizar sólo meros formalismos técnicos a pocos factores
ambientales sin realizar una evaluación de impacto ambiental integrado en
cada uno de los ecosistemas de las diferentes ecoregiones que Argentina
posee. Además el Estado y las empresas promotoras fueron claramente
advertidos de estos impactos por investigadores independientes y
organizaciones no gubernamentales tanto del país como del exterior.
Lamentablemente, para el ambiente y la sociedad argentina, claramente
impactada luego de diez años de soja transgénica, los daños y efectos
directos e indirectos son una cuestión tangible e incontrastable.
Es claro que en materia agropecuaria y de desarrollo social, Argentina ha
perdido el rumbo de protección y fortalecimiento de su soberanía
alimentaria. Pero puede decidir cambiar y recuperar el camino perdido
apuntando al desarrollo de una agricultura familiar sustentable.
La Argentina, rica aún en recursos naturales y recursos humanos, cuenta
con todos los elementos para recuperarse. Lamentablemente, el modelo de la
soja transgénica, ante la falta de las regulaciones oficiales, esta
reduciendo literalmente la rica diversidad productiva del país.
Para todos, el lamentable ejemplo argentino de reconversión y
especialización monoproductiva de los ´90 es un riesgoso modelo a no ser
seguido, dados los importantes daños ambientales, sociales y culturales
que el país ha sufrido y del que debe salirse rápidamente, promoviendo una
verdadera política de promoción de desarrollo agropecuario sustentable, y
por ende, con inclusión social.
Publicado originalmente en el sitio de
ARGENPRESS. Reproducido en Plataforma Soja el 14
de febrero de 2007. |