![]() |
|
¿Monocultivos? Preferimos la polisabiduría... Montse Escuti En 1826 se probó en Escocia la primera segadora mecánica. Era el inicio de la Revolución Industrial del campo. Tras ella la Revolución Verde y los comienzos del monocultivo. La misma lógica productiva que se aplicaba en las industrias se trasladó a los cultivos: si nos especializamos aumentamos la producción. Y así, igual que una fábrica produce sólo tapicerías para coches, un agricultor produce sólo maíz, o arroz, o café. Pero una vez más las matemáticas empiezan a fallar y lo que parecía un aumento espectacular de las producciones ha puesto de manifiesto numerosos efectos secundarios que conllevan no sólo graves problemas ambientales, sino que están hipotecando la soberanía alimentaria de muchos pueblos. Si buscamos el término "monocultivo" en el diccionario de la lengua española de la Real Academia leemos: "Cultivo único o predominante de una especie vegetal en determinada región". La propia definición ya nos da una idea de la gravedad del problema puesto que introduce el concepto de región, es decir, que no se trata de que un solo agricultor cultive un único cultivo si no que, además, son todos o la mayoría de los agricultores de toda una región quienes lo hacen. Es cierto que las regiones tienen una cierta vocación agrícola que hace que unos cultivos sean más adecuados que otros: hay regiones vitivinícolas donde se obtienen vinos de gran calidad; regiones cerealistas con producciones de cereal muy interesantes; o regiones donde los pastos son el único cultivo adaptado a las características de suelo y clima. Pero unidos a estos cultivos existían tradicionalmente otros que ayudaban a diversificar las producciones, el melocotonero en la viña, las leguminosas se alternaban con los cereales y los pastos se rodeaban de setos que proporcionaban leña para los hombres y sombra y protección para los animales. Lecciones de la historia El monocultivo es apostar a una sola carta y la Historia nos ofrece ejemplos dramáticos de cómo es de frágil el equilibrio y las graves consecuencias que se producen cuando éste se rompe: la filoxera, una plaga llegada de América, arrasó los cultivos de viña de toda Europa en pocos años y el mildiu de la patata produjo una hambruna en Irlanda que ocasionó las grandes olas migratorias de principios del siglo pasado hacia Estados Unidos. Estos hechos, que sólo son un recuerdo para los viejos del viejo mundo, son una realidad en muchos otros países en vías de desarrollo. Lejos de aprender de nuestros errores, exportamos modelos que han sido nefastos para nuestros suelos y para nuestros sistemas agrarios. Asistimos impasibles a la tala de miles de hectáreas de bosques primarios para cubrirlos de monocultivos con los que satisfacer nuestros caprichos (que no nuestras necesidades): soja y maíz para los cerdos que nos proporcionan carne barata para nuestro consumo diario, café que nos despierte por las mañanas, naranjas para los refrescos y, ahora, colza o palma con los que obtener combustible "ecológico" y así lavar nuestras consciencias. Vamos a analizar con más detalle los inconvenientes del monocultivo y cómo el retorno a la diversidad da mejor respuesta a las necesidades de los campesinos, especialmente en los países más empobrecidos. Hablando con Vandana Shiva Hace ya algunos años, hablando con Vandana Shiva, me quedé sorprendida de cómo le dio la vuelta al tema de los monocultivos. Sí, según las estadísticas de las instituciones al uso y de los vendedores de semillas e insumos químicos, una hectárea dedicada a un determinado producto, utilizando las tecnologías modernas, puede producir una cantidad X del producto en sí. Shiva criticaba a las instituciones que mostraban parcialmente las estadísticas y los informes. Según esas investigaciones parciales, evidentemente, los monocultivos producen más del determinado producto en sí que los policultivos. Pero las investigaciones se callan ante ciertas obviedades de gran importancia, sobre todo cuando estamos hablando de la economía de millones de personas, de miseria, de pobreza, de malnutrición, de enfermedades… Una de las obviedades más silenciadas es que, posiblemente, la agricultura intensiva y su monocultivo asociado pueden producir en una hectárea, de un determinado producto, más que la agricultura tradicional y/o la ecológica. No mucho más, pero tal vez un porcentaje reducido. La obviedad es que el policultivo permite al productor, generalmente familias, obtener más productos alimentarios en el mismo terreno. Además, el policultivo utiliza o puede utilizar técnicas tradicionales que utilizan la energía y los recursos de forma sinérgica, de manera que llega a obtener lo máximo de lo mínimo, cuando el manejo es el adecuado. El monocultivo, por el contrario, utiliza cantidades ingentes de fertilizantes químicos, herbicidas y pesticidas, tractores que aplastan la tierra… Es un derroche enorme en comparación con las explotaciones tradicionales. Sería como matar moscas a pistoletazos. Un todo holístico En la agricultura tradicional, todo el hábitat agrario forma un ente de complejas relaciones, de complejo equilibrio. Los defensores del monocultivo como base para el aumento de la productividad se olvidan de señalar, al hablar de las virtudes de los monocultivos, que esta forma de trabajar daña el medio ambiente, afea el paisaje, ensucia las aguas y el aire y convierte los pueblos en factorías, y a los campesinos en obreros rurales. Esto tiene unas innegables consecuencias en la economía rural, ya que, cuando el medio se deteriora, a la larga también se deteriora la economía, la cultura y la salud de los habitantes de cada enclave geográfico. Si hablamos de lugares ubicados en países empobrecidos, también hay que tener en cuenta que los policultivos, al no utilizar productos químicos, y por las técnicas utilizadas, fomentan una biodiversidad amplia. Esta biodiversidad aporta nutrientes de todo tipo también a las familias que saben aprovechar todos los recursos del área, sea en forma de frutos silvestres, de caza y pesca, sea en forma de pastoreo o de apicultura y/o piscicultura. Con los monocultivos, un porcentaje sólo un poco mayor de producción en un solo producto concreto sacrifica muchas pequeñas y no tan pequeñas producciones afines que garantizan la soberanía alimentaria de cada zona. Pero, imaginemos, ¿cómo vamos a poder comernos las bayas de los arbustos de los caminos del campo o la pesca de los pequeños riachuelos… si las bayas han sido envenenadas con productos químicos y la vida en los ecosistemas acuáticos ha desaparecido o está muy deteriorada? Cuando hablamos de poblaciones del Sur con muchos problemas nutricionales, estos recursos salvan muchas vidas, aunque los dirigentes de las grandes corporaciones agroalimentarias no sean capaces de verlo. Tampoco debemos olvidar el hecho de muchos tipos de plantas adventicias asociadas a un cultivo variado han sido tradicionalmente utilizadas como planta medicinal. Con la llegada del monocultivo muchas de estas plantas desaparecen y, con ellas, la posibilidad de curar enfermedades en poblaciones con difícil acceso a la medicina oficial. Y a esto se suma la pérdida de un conocimiento ancestral asociado al uso de estas plantas. Contaminación difusa Por desgracia, la agricultura es la actividad humana responsable de la mayor parte de la contaminación difusa que se produce en el mundo. La contaminación difusa es aquella cuyo origen exacto no puede determinarse. Es decir, el DDT que se encuentra en la grasa de los osos polares no sabemos dónde fue utilizado o los nitratos que encontramos en las aguas subterráneas no podemos determinar con exactitud en qué campo fueron aplicados. La contaminación difusa producida por los pesticidas y los abonos químicos es, hoy en día, un problema de graves consecuencias y, no sólo por los efectos propios de la contaminación sobre los ecosistemas y sobre la salud de las personas, sino porque es imposible poder establecer quién es la persona directamente responsable del daño producido. Así como una empresa farmacéutica ha de responder sobre los efectos secundarios producidos por un medicamento y se ve obligada a retirarlos del mercado e indemnizar a los afectados, el descubrimiento de posibles problemas causados por la aplicación de un producto fitosanitario puede llevar a la prohibición de su uso pero las empresas nunca se han visto obligadas a indemnizar a nadie. El monocultivo va unido al uso de variedades híbridas (y actualmente transgénicas). Estas variedades han sido seleccionadas para producir más pero en contrapartida están muy poco adaptadas a su medio. Esto las convierte en presas fáciles de plagas y enfermedades. En realidad tiene su lógica si tenemos en cuenta que un insecto la única fuente de alimento que encuentra en un campo de monocultivo es precisamente el cultivo. Además son plantas ricamente abonadas con nitrógeno y, por ello, especialmente apetitosas y nutritivas para los insectos, hongos y demás parásitos. Las plagas se especializan en ese cultivo que encuentran año tras año y se convierten en eso, en una plaga. La respuesta es el uso de pesticidas para eliminarlas hasta que los insectos se acostumbran a vivir con ello y se vuelven resistentes. De esta forma se entra en un círculo vicioso en el que las plagas cada vez son más resistentes y cada vez es necesario utilizar más pesticidas. La contaminación está asegurada. Como muchas plagas van asociadas a un tipo de cultivo, si en lugar de declarar la guerra al insecto cambiamos el cultivo por otro diferente esa plaga desaparecerá porque ya no encuentra a su fuente de alimento. Un paisaje yermo El policultivo significa biodiversidad biológica, pero también cultural. El monocultivo es clonación cultural y destrucción del paisaje. Por más que el hombre moderno no llegue a aceptarlo, los monopaisajes, es decir, la destrucción de la estética natural, variada y variopinta, tienen también una alta incidencia en la vida. Recuerdo que, en una zona de Catalunya afectada por varios grandes incendios en años consecutivos, la tasa de cánceres y depresiones aumentó alarmantemente. Como podíamos esperar, las instituciones llegaron a la conclusión de que, a pesar de las estadísticas, no podía demostrarse científicamente la relación entre una causa y el efecto. Pero los bosques incendiados, grandes extensiones de ellos, conllevan tristeza, enfermedad, depresión, igual que el monocultivo, que, aunque es más verde que el bosque calcinado, no deja de ser un desierto coloreado. El policultivo tiene muchas más formas, más colores, cambia de un año a otro, conlleva rotaciones, conlleva la pervivencia del mundo rural, de las culturas autóctonas, de las gastronomías tradicionales y de sus variedades adaptadas, tanto vegetales como animales. En una granja tradicional se dan cita el huerto, el ganado, la avicultura, dos o tres cultivos más extensivos… Esto proporciona riqueza a la población, al paisaje, a la vida. Monopobreza y monomiseria
Los monocultivos están pensados para la exportación. Garantizan los
intereses de los grandes jerarcas del sistema agroalimentario, siempre en
detrimento de las poblaciones autóctonas y de la Naturaleza. Los
monocultivos han sido promovidos por los principales poderes fácticos del
sistema desarrollista, a expensas de la salud de las poblaciones y de la
miseria de las gentes. Países que han convertido su territorio en
monocultivos de un determinado producto, como ocurre con Argentina y
Brasil y la soja transgénica, no pueden liberar a sus poblaciones del
hambre y la pobreza, pese a la riqueza económica que generan esos
cultivos, una riqueza a la corta de la que se benefician terratenientes,
grandes multinacionales de las semillas y algunos políticos corruptos. El
monocultivo genera beneficios a la corta para una muy pequeña minoría,
mientras que el policultivo reparte la riqueza de una manera más justa y
social. Despiece: Monocultivos y crisis climática. Los policultivos enfrían la atmósfera Ahora que está tan de moda el cambio climático, los pequeños agricultores también tienen mucho que decir respecto este tema. La Vía Campesina expone en un documento de fondo publicado recientemente y titulado "Los pequeños productores están enfriando el planeta" de qué manera la agricultura sostenible a pequeña escala, un trabajo intensivo y de poco consumo de energía, puede contribuir a enfriar la tierra. La agricultura a pequeña escala y el apoyo al consumo de productos locales evita el transporte de mercaderías a grandes distancias, gran consumidor de combustibles fósiles, especialmente el transporte aéreo. La agricultura ecológica y el uso de abonos orgánicos ayudan a fijar CO2 en forma de materia orgánica en el suelo que además evita la erosión y aumenta la fertilidad natural. La producción de pesticidas de síntesis y de abonos nitrogenados es una gran consumidora de energía en contraposición de procesos como el compostaje a partir del cual se obtiene un abono de gran calidad, además de generar energía que se puede aprovechar en forma de calor. Los residuos vegetales y animales se pueden aprovechar a pequeña escala para la producción de biogás con instalaciones muy sencillas. En su manifiesto, La Via Campesina, un ejemplo del Sur para el Norte, exige a los responsables de tomar decisiones locales, nacionales e internacionales: 1. El desmantelamiento completo de las compañías de agrocombustibles que están despojando a los pequeños productores de sus tierras, produciendo comida basura y creando desastres medioambientales. 2. El reemplazo de la agricultura industrializada por la agricultura sostenible a pequeña escala apoyada por verdaderos programas de reforma agraria. 3. La promoción de políticas energéticas sensatas y sostenibles. Esto incluye el consumo de menos energía y la producción de energía solar y biogás por los campesinos en lugar de la promoción a gran escala de la producción de agrocombustibles. 4. La implementación de políticas de agricultura y comercio a nivel local, nacional e internacional, dando apoyo a la agricultura sostenible y al consumo de alimentos locales. Esto incluye la abolición total de los subsidios que llevan al dumping (competencia desleal) de comida barata en los mercados de exportación y en los mercados nacionales. Es evidente que el monocultivo ha contribuido y sigue contribuyendo a empeorar el problema del calentamiento global y sólo un verdadero apoyo a una agricultura sostenible y de escala local podrá evitar que la actividad agraria favorezca el cambio climático. Al fin y al cabo los agricultores son los primeros en sufrir sus consecuencias. Montse Escutia es ingeniera agrónoma de la As. Vida Sana. Para más información: www.viacampesina.org Reproducido de la Revista: The Ecologist para España y Latinoamérica, publicado originalmente el 1 enero 2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.
|